La cantidad y tipo de amigos que un menor de edad tiene en su red social, puede decirnos muchas cosas sobre cómo y para qué utiliza Internet y, por tanto muchas, cosas sobre su persona. Es un tema sobre el que debemos hablar en casa.

Guillermo Cánovas

Guillermo Cánovas

Protégeles - Centro de Seguridad en Internet

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“Cuando alguien te da su perfil y ves que tiene 25 amigos piensas que es un pringaillo. Pero cuando entras y tiene 500 sabes que es alguien que se mueve. Esa persona puede ser la leche…” afirma Carmen, de 14 años. Para muchos menores el número de “amigos” agregados a su perfil puede condicionar la percepción que los demás tengan de ellos. Es en cierta forma una carta de presentación, y es sin duda un indicador de estatus en el mundo de las relaciones personales. Esto resulta especialmente preocupante cuando es precisamente en las franjas de edades más tempranas donde este hecho está más marcado y donde se producen la mayor parte de las situaciones de riesgo. Niños y niñas que, sin la menor formación previa en redes sociales, aceptan en sus perfiles a todo tipo de conocidos y no-conocidos, e incluso lanzan al ciberespacio invitaciones a diestro y siniestro para aumentar su número de amigos.

El problema se encuentra en la cesión que de su intimidad hacen muchos menores, obsesionados por conseguir un perfil con un número importante de agregados. A estos agregados se les confiere el estatus de “amigo”, denominación que utilizan las propias redes sociales. No son sólo conocidos o contactos, son “amigos”. Esta cuestión es muy importante. Al agregar a alguien bajo la denominación de “amigo”, inevitablemente y de forma inconsciente aceptamos unas premisas que nos han sido inculcadas desde muy pequeños. Le conferimos una credibilidad, establecemos una confianza, y aceptamos una cierta cesión de nuestra intimidad dando por supuesta una reciprocidad. Por decirlo de una forma coloquial, ante un amigo o amiga bajamos nuestras defensas y reducimos nuestra capacidad crítica. Buscamos identificarnos y compartir. La denominación de “amigos” juega un papel más importante de lo que parece y su significado cobra un especial protagonismo entre los menores de edad, que tienden a establecer lazos mucho más incondicionales y pasionales.

Y es aquí donde se hace necesario trabajar con los más jóvenes internautas sobre dos cuestiones básicas. En primer lugar deben aprender a diferenciar entre “amigos” y “conocidos”. Es satisfactorio y conveniente conocer gente nueva, desarrollar más de un círculo de amigos y ampliar nuestros horizontes. Como seres sociales necesitamos de dichos vínculos, y es bueno desarrollar estrategias lo antes posible que nos permitan relacionarnos con éxito en nuestra compleja sociedad. Pero, al margen de los conocidos que podamos ir teniendo, y del protagonismo que algunos de ellos vayan cobrando en nuestras vidas hasta el punto de convertirse en amigos, hemos de tener muy claro que la amistad implica otras muchas cuestiones. Implica ser capaz de realizar esfuerzos y “sacrificios” por esa persona, y saber que podremos contar del mismo modo con ella si nos hace falta.

Pero en segundo lugar, debemos trabajar también con ellos la idea de que existen LÍMITES para los amigos/as. La falta de claridad sobre estos límites se encuentra detrás de no pocos problemas. Los profesionales que trabajan en prevención de drogodependencias lo tienen muy claro, por ejemplo. Los amigos deben tener límites, y la verdad es que hasta nuestros familiares y los propios maridos, esposas o parejas deben tenerlos. No podemos aceptar la constante humillación o las agresiones de una pareja maltratadora, por mucho que diga amarnos por encima de todas las cosas. No podemos aceptar una raya de cocaína de un amigo por mucho que queramos mantener su amistad. En las relaciones que se establecen en las redes sociales también debe haber límites. Existen normas de educación, de respeto, de consideración y sobretodo de sentido común. “No puedes escribir cualquier cosa que se te ocurra en mi muro, porque puedes herirme a mi o a otras personas que también lo leerán”, “por muy amigo mío que seas no puedes colgar determinadas fotos en mi muro”, “por muy amigos que seamos no me haré determinadas fotos para ti…” Es una buena idea trabajar en casa y en el aula sobre esta cuestión.

Pero ¿Qué es lo “normal”? ¿Cuántos amigos podemos manejar con éxito? La verdad es que resulta muy difícil establecer o definir lo que podríamos considerar “normal” en esta cuestión. Todo va a depender de un montón de factores, que van desde la edad y madurez del joven hasta la formación previa que haya recibido, pasando por ejemplo por la extensión o tamaño de su familia. Pero, lo que si podemos hacer es trazar un límite a partir del cual sabemos que la persona ya no puede afirmar que tenga el control sobre su propia red social. Y para esta cuestión la mejor referencia que tenemos es el famoso número DUNBAR.

Según diversos estudios, tanto los primates como los seres humanos podemos mantener un contacto satisfactorio y enriquecedor con un número limitado de individuos, y esta capacidad viene limitada por nuestro neocórtex cerebral. Superando dicho número, es mucho más fácil que surjan conflictos y problemas importantes que se escaparán a nuestro control. Según el antropólogo Robin Dunbar, esta cifra es de aproximadamente 150 individuos en el caso de nuestra especie. No se trata de un número elegido al azar, evidentemente, sino la consecuencia del trabajo desarrollado en la Universidad de Oxford partiendo de diferentes elementos. Esto no quiere decir que un joven con una red social de más de 150 individuos se encuentre en una situación de riesgo, pero puede poner de manifiesto que no tiene posibilidad de ejercer un control real sobre dicha red, sobre lo que vayan a escribir en su muro, o sobre lo que sus miembros vayan a hacer con las fotos que suba a su perfil. Esto no es relevante si dicho joven es consciente de esta situación, y publica sólo información o imágenes que sabe puedan ser difundidas sin mayor problema. Podríamos concluir que aquellos jóvenes con más de 150 amigos agregados a su perfil deberían actuar como si su perfil fuera público. Ni más ni menos. Tener un perfil privado con 200, 300 ó 500 “amigos” resulta casi una incongruencia. Y cuanto más joven sea el internauta, y no digamos ya si se trata de un menor de edad, menor será su capacidad para prever lo que tantos “amigos” harán con su información. Realmente, entre dichos menores todos los contactos agregados deberían ser individuos que realmente conocen en persona, y con los que tienen un trato habitual. Y aquellos jóvenes de más edad, y con más de 150 contactos, deberían tomar las mismas precauciones que si sus perfiles fueran públicos. Todos deberían establecer límites y todos deberían, al fin y al cabo, aplicar el sentido común.

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